John y William Parish Robertson, aquellos osados británicos que decidieron, en 1825, fletar un buque hacia el Río de la Plata para traer al país a los inmigrantes escoceses que constituyeron la colonia asentada en Monte Grande recogieron, en medio centenar de textos, datos sobre episodios históricos, vida y costumbres de los naturales del lugar y de los recién llegados y relatos de sus viajes, río arriba por el Paraná o a través del océano hacia Inglaterra.

         Dichos textos –bajo el título de “Cartas de Sudamérica (1810-1817)”, volúmenes I y II – fueron publicados por Emecé Editores S.A., con traducción, prólogo y notas de José Luis Busaniche e ilustraciones de Luis Macaya.

          En uno de los capítulos del volumen II los autores aluden a la labor del Deán Saturnino Segurola, responsable de difundir la vacunación antivariólica en Buenos Aires, en los primeros años del siglo XIX.

         Dicen: “En mayo de este año (1813), fue fundada en Buenos Aires una oficina de vacunación bajo la dirección científica y filantrópica del doctor Segurola  quien, con perseverancia filosófica y gran poder persuasivo, se dio a la ardua tarea de combatir los prejuicios contra la cura de una peste que durante siglos había sido el azote de su pueblo. En un principio el doctor Segurola  vióse obligado a traer arrastrados, por así decirlo, a padres y a hijos hasta su oficina; pero más tarde pudo tener la satisfacción de verlos apiñados a la puerta de la misma oficina y hubo de buscarse un ayudante para efectuar cumplidamente su trabajo diario. En elogio del gobierno debe decirse que el médico (1) fue secundado con generosidad y pericia por el Estado”.

         Saturnino Segurola (1776-1854) fue sacerdote, historiador, bibliógrafo y doctor en Teología –no en medicina- pero la historia lo recuerda, fundamentalmente, por su incansable tarea en la difusión de la vacuna antivariólica, creada  en1796 por el médico inglés Edward Jenner.

         Desde el pulpito buscaba convencer a los fieles, en general gente pobre y analfabeta, víctimas preferidas de la enfermedad, insistiendo en la necesidad de aplicar la vacuna a los niños, tarea no menor en una población fácilmente presa de curanderos y charlatanes.

         Cuenta asimismo la historia que el religioso aplicaba la vacuna a la sombra de un añoso timbó –conocido también como pacará u oreja de negro (enterolobium timbouva)- hermoso y centenario ejemplar que existía en la antigua quinta de su hermano Romualdo y desaparecido al lotearse las tierras de esa propiedad del barrio de Flores, en la primera mitad del siglo XX. (En ese barrio una avenida lleva el nombre del sacerdote).

         Segurola, iniciado en la tarea sanitaria por el Virrey Cisneros en 1809, tuvo a su cargo y sostuvo económicamente la difusión de esta práctica durante más de veinte años,  ocupándose de conservar, reproducir y administrar la vacuna, con total abnegación y desinterés hasta que, en 1839, las tropas de Rosas ocuparon y embargaron la propiedad.

                  Como dato curioso puede citarse el hecho de que, si bien las tropas de Rosas, en su avance en Buenos Aires produjeron la interrupción de la tarea de inmunización encarada por Segurola, se sabe que el Restaurador se preocupó por hace llegar la vacuna a los pueblos originarios, dada su indefensión ante enfermedades nacidas entre los hombres “blancos”.

  • .- Se aclara en el libro que, en realidad, Segurola no era médico sino sacerdote.
195 mayo20

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